Una emoción vale más que mil palabras
Necesitamos emociones.
Quién no siente desidia cuando ve que todo le parece igual, cuando se repite la frase de: “esto es más de lo mismo”, o cuando no busca lo suficiente porque espera no encontrar nada.
Estamos colmados de mensajes, nos resulta difícil no ser inmunes, nos parecen imposibles las sorpresas y nos cansa la búsqueda de algo más, por eso confiamos en el importante ejercicio de una publicidad que provoque, que excite, que emocione.
Si la comunicación ha de ser motivadora, nosotros tenemos que experimentarla.
Hacer un anuncio carente de emoción no sirve, estamos repletos
y buscamos sentir.
El mensaje publicitario, en definitiva, ha de ser como aquél cuento fantasioso que de pequeños no nos dejaba dormir.

